La historia que os queremos contar hoy aquí trata sobre un cojín. Un cojín que es la vergüenza y el orgullo a la vez; el pecado y la virtud; el rubor y la soberbia; el mérito y el defecto.
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“Erase una vez un cojín de colores, de muchos, muchísimos colores. No era un cojín bonito, ni caro, ni pensado por un gran diseñador de cojines; ni tan siquiera era un cojín cómodo. Era un cojín corriente, de esos que todos tenemos en el sofá; pero para la persona que lo poseía era especial. Esta persona (pongamos que se llama Pablo) se compró un piso en un bloque de viviendas de un archiconocido arquitecto. Era un piso de blanca, resplandeciente, brillante e inmaculada arquitectura y, aunque no resultaba demasiado práctico ni acogedor, impresionaba bastante a sus amigos.
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Cuando Pablo hizo la mudanza, obviamente se llevó a su nuevo hogar su queridísimo cojín, ese que llevaba tanto tiempo durmiendo la siesta con él.  Al llegar lo colocó en su nuevo y blanco sofá. Al principio quedaba algo desubicado, pero, poco a poco, Pablo fue haciendo de su gélido y blanquecino piso un hogar. Compró unas alfombras, cambió varios muebles e incluso se atrevió a pintar alguna pared. Cada vez se sentía más cómodo en su nueva casa.
Un buen día recibió una llamada de un tipo un tanto serio y sombrío. Se identificó como el arquitecto del edificio en el que él vivía y le pidió si podrían venir a su casa con el objetivo de hacer unas fotografías para una revista, a lo accedió encantado.
Llegado el día y la hora acordados, se presentaron el susodicho arquitecto acompañado de otro hombre de cuyos hombros colgaba una camera de fotos. Pablo les abrió la puerta y, muy amablemente, les dijo que pasearan por donde fuera necesario y que le pidieran lo que fuera necesario, mientras los observaba con detenimiento. Enseguida los murmurios y las muecas de desaprobación se hicieron evidentes entre ambos artistas que, al parecer, no habían encontrado las cosas como esperaban. Finalmente, después de un largo y tétrico paseo, se plantaron en el salón. Pablo, que no entendía lo que estaba pasando, escuchó al arquitecto decirle al fotógrafo “si, es lo que menos distorsionado está…” Ambos se quedaron mirando la estancia unos segundos, en silencio y con expresión pensante, hasta que de nuevo el arquitecto, ahora dirigiéndose al pobre Pablo, le dijo en un tono visiblemente irritado: “Por favor, podría usted quitar ese horrible cojín del sofá?”
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Según escuché en una conferencia de una arquitecta de cuyo nombre no quiero acordarme, ella (o más bien su equipo, vista la cantidad de preguntas a las que no sabia responder), había diseñado una biblioteca; el programa del concurso incluía instalar allí un bar, el cual, según había oído, “habían cogido unos dueños, produciendo unas distorsiones. Yo no he ido ni pienso ir; por dios, es que no quiero ni verlo“. El concepto de “distorsiones” fue el que llamó mi atención (por no hablar de la actitud de “niña pija” que adoptó al hablar sobre ellas), y de nuevo vino a mi mente el pobre Pablo, entre pálida e impoluta arquitectura, con su colorido cojín cogido con fuerza entre sus manos mientras le gritaba a una doble y solitaria altura “Noooo!!”. Y el eco de su voz retronando entre las paredes de su frío piso. Y hablando de eco también vinieron a mi mente algunas tesis de Oriol Bohigas referentes a la obra de Umberto (Eco, claro está) que sugieren que “a las masas usuarias les suele ser más fácil vivir en la mala arquitectura que en la buena arquitectura“. Esa afirmación tiene en el trasfondo la justificación de que la mala arquitectura resulta más fácil de adaptar por los usuarios, pues tiene menos “personalidad”.
Esta aseveración, nos conduce inevitablemente a considerar el concepto de las distorsiones como algo negativo, incluso peyorativo hacia nuestra arquitectura, pues estas le ponen el calificativo de “mala” de forma inequívoca.
La actitud de la conferenciante va íntimamente ligada a esta cita de Humberto y a esa concepción negativa de las “distorsiones”.
Minutos antes, nos había enseñado un concurso que habían ganado en un sitio con cierto carácter rural en Francia. Después de hablar sobre el otro finalista (que al parecer había propuesto una especie de caja de cristal) se refirió a los aldeanos de la zona con la siguiente afirmación: “Ellos, pobres infelices, seguro que hubiesen estado muy contentos si les ponen ahí esa caja de cristal, solo para intentar parecer modernos…” Ese menosprecio hacia el usuario volvió a llamar mi atención.
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Según se puede deducir de actitudes como la de William Morris, las bases del diseño (y posteriormente las de la arquitectura en el movimiento moderno) deben huir de las exigencias consumistas de los usuarios pues estas solo se ajustan a las “modas” y a un deseo de aparentar un status social o de poder.
Es el mismo menosprecio que nos lleva a deducciones como que el usuario, que no sabe nada de la autentica arquitectura, no debe tocar nuestra obra y, si lo hace, para algunos comete un sacrilegio y para otros es un síntoma de mala arquitectura. Y de aquí mismo salen propuestas como la domótica o la arquitectura (o ciudad) inteligentes; pues el usuario es ignorante y tenemos que programar unas maquinas para que piensen por él.
Pero si afinamos un poco más el debate veremos que se genera aquí una importante contradicción: Si las bases del diseño deben huir de las exigencias consumistas de los usuarios, la buena arquitectura debería ser algo que precisamente no se adaptara a estas exigencias y, por tanto, ser susceptible de sufrir múltiples distorsiones al ser utilizada; justo lo contrario de lo que afirma Umberto Eco, y de esa concepción negativa que tenemos de las distorsiones.
Los defensores de la linea argumental puesta aquí en duda, a menudo defienden que “la buena arquitectura” pone en crisis el estilo de vida comúnmente aceptado de una forma tan radical y con tanta personalidad, que al usuario le resulta imposible crear esas distorsiones y no tiene mas remedio que adaptarse al carácter de esa arquitectura tan potente. Sinceramente, y con los medios de los que disponemos en la actualidad la masa usuaria, es un argumento que resulta difícil de sostener, pero no seré yo el que exponga aquí argumentos favorables, pues con toda probabilidad serian manipulados para dar más razón a mis elucubraciones.
Aún así, aprovecho para hacer apología de lo que me gusta llamar la arquitectura individualizada, frente a la arquitectura para masas o incluso frente a la de autor, pues des de tiempos de Vitrubio el “utilitas” debería estar presente en todas nuestras obras, aunque queramos darles una actitud revolucionaria.
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