Cuando viajo en coche, cuando la velocidad me transporta y el tiempo se altera, observo entre los bastos campos de mi tierra y no puedo evitar sentir que la auténtica arquitectura es la que ya no está. O quizás, más bien, la que ha quedado en pie. La que se ha ido, ha dejado lugar a figuras y perfiles verdaderos, puros; ¿acaso son las ruinas, los vestigios? Estos, se erigen orgullosos y endebles a la vez, transmitiendo entre sus inestables y desnudas estructuras la seguridad de haber sobrevivido a esa lucha, esa tensión contra la propia naturaleza que, incansable, trata de expulsarles de un lugar que no deberían ocupar. Solo entonces, siento que emana la auténtica forma. La forma estructural. La que nadie ha podido destruir, la que ha resistido y ha desafiado a dios, a las leyes de la ciencia o a lo que sea en lo que cada cual haya volcado su fe.

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¿Por tanto, la respuesta a la forma en arquitectura debería tratar de imitar esas imágenes? Rayos, nunca! Yo no creo que las respuestas de un arquitecto deban pasar nunca por la imitación! Ni tampoco por la imitación de las formas modernas, tan comúnmente aceptada, pero eso ya es otro debate. ¿Quizás deberíamos dejar nuestras piezas expuestas durante un tiempo, tal y como las hemos concebido, y esperar a que la naturaleza haga su labor?

Hablo de caminos quebrajados, de muros caídos, de piedras que han rodado y, por su alivio, se han librado de forma definitiva de la tensión a la que el hombre las habían sometido, descansando tranquilamente sobre el suelo y dejando que el musgo y la hierba crezcan a su alrededor, casi desde su interior. Me imagino a mi mismo como un escultor, dejando un gran bloque de piedra al viento, y esperando hasta la eternidad, delgado, famélico, sucio, haraposo y con larga barba gris, en la sombra de un manzano, a que el mundo le configure la silueta merecida. Y que conste que no estoy hablando de bombas ni de proyectiles, ni de cañonazos ni de morteros, esto seria tan banal como el edificio mismo o como el golpe de la escarpia en la roca.

Hablo del hormigón resquebrajándose por una junta mal ejecutada por el hombre; de la naturaleza que castiga el error de la mano humana y lo somete a sus leyes, destruyendo su obra y creando una de propia a partir de esta; en definitiva, haciéndola más perfecta.

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Alguien podría recriminarme aquí, que estas obras no serian entonces aptas para vivir, que dejarían de ser arquitectura para pasar a ser escultura; la escultura de dios, de la naturaleza o de la ciencia. ¿Que podemos hacer los arquitectos pues? Solo nos quedaría dejar que nuestros edificios mueran dignamente. Que se conviertan en arqueología o en escultura o en lo que demonios se tengan que convertir.

Contra la restauración de monumentos:
Cuando contemplo como se restaura hoy en día un monumento “arquitectónico”, no puedo evitar que la ira se apodere de mi; esa ira, después de un breve pero largo momento en el que me embriaga esa sensación de cansancio del que ha luchado contra el mundo y ha fracasado, me lleva a la reflexión, aunque esta nunca consiga sacarme del todo de entre la desesperación, el desanimo o el desasosiego. ¿Que nos queda después de restaurar un edificio con los métodos actuales? Un vomitivo tapiz de parches y pedazos que tan solo sirve para ser contemplado desde la lejanía, a una escala kilométrica. Si nos acercamos más, unas piedras empiezan a hablarnos una lengua antigua, casi ancestral e incomprensible, que conecta con los rincones más recónditos e insondables de nuestro ser. Otras en cambio, hablan un idioma mas moderno, ladrando frases inconexas y sin sentido, que retruenan entre los valles infinitos o que se cuelan en nuestras casas por las retorcidas calles de la ciudad. Solo sirven para que el turista pueda exclamar “¡Que maravilla! ¿Como podían hacerlo en esa época?”

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Si realmente queremos que nuestros edificios puedan sobrevivir a esa mano implacable del tiempo y sigan siendo arquitectura, en mi opinión, solo nos quedan dos opciones: o los rehabilitamos con criterios modernos dándoles un uso completamente distinto; es decir, matándoles para darles una nueva vida. O nos comprometemos de verdad con la restauración del pasado; estoy hablando de estudios exhaustivos, que pueden durar décadas, sobre el trabajo manual y constructivo de la época, sobre los materiales y las técnicas; de crear auténticos especialistas, técnicos y artesanos, y de cartografías y planos a escala milimétrica, hasta que seamos capaces de derruirlos y construirlos de nuevo otra vez, piedra a piedra, exactamente como habían sido pensados. Algunos dirán que es recrear el pasado, fingirlo, pero, al menos, será un pasado auténtico; la única forma, mundana tal vez, que tenemos de suprimir o de desafiar la inflexible variable del tiempo. Lo demás, solo son piedras para los museos.

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