Desde los orígenes de las sociedades y a lo largo de la historia, el concepto de belleza ha sido algo tan efímero y divergente como canonizado y subordinado a las “modas” o tendencias creadas por las grandes élites, que siempre han sido las encargadas de definir qué es lo valioso y que no. Como en muchos otros aspectos, nuestra sociedad actual no ha mejorado demasiado en este aspecto y se sigue con la misma tendencia, aunque ahora disfrazada con un velo de libertades. En esto, son especialistas en la sociedad norteamericana, donde el transeúnte es bombardeado de forma continua con un raudal de elecciones aparentemente libres pero, a su vez, estudiadas y comercializadas con primorosidad con el fin de controlar su comportamiento y de anticipar sus decisiones. Tampoco nuestra sociedad está exenta de este control que se manifiesta de surtidas maneras.

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We Go To The Gallery” by Miriam Elia

Cuando se trata de la belleza, tradicionalmente se atribuye al arte la función de definirla o, ciñéndonos a otros puntos de vista, al menos la de buscarla. A pesar de que corrientes artísticas contemporáneas (o no muy lejanas a la modernidad) se están encargando gradualmente de desvincular al arte de estas funciones consideradas por algunos meramente “formales”, no podemos obviar el peso del legado histórico (que le ha hecho recaer toda la obligación en este sentido) y, de momento, estas corrientes se consideran como simples movimientos alternativos, que se encuentran lejos todavía de alcanzar la trascendencia suficiente como para desligar al arte de estas funciones.

Aún así, se observan claros síntomas en nuestras sociedades actuales (como ya se ha insinuado en el primer párrafo) en cuanto a la degradación de la importancia de “lo formal” dentro del arte, ya que nos encontramos en un proceso aparentemente irreversible de banalización del concepto de belleza, alejándolo del mundo del arte que, junto con la filosofía, tradicionalmente se ha preocupado de hacer reflexiones más trascendentes. En este sentido, uno de los principales ejecutores fue Le Corbusier (junto con sus compañeros Ozenfant y Dermée) a través de su revista de estética L’Esprit Nouveau; resulta bastante obvio, que los maestros franceses no eran para nada conscientes de que sus actos podían tener repercusiones de éste tipo (y que no son los únicos responsables de la tragedia, aunque si los más próximos a nosotros por la temática de esta página), pero el hecho de hacer un control público del concepto de belleza, acercándolo al pueblo y adoctrinando a éste en lo que es y lo que no es bello, tuvo unas consecuencias si más no evidentes.

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L’Esprit Nouveau magazine

Es cierto que la belleza siempre ha sido un concepto popular y que ya los antiguos griegos, junto con algunas culturas anteriores (aunque en menor medida), se preocuparon de los cánones que debían regir en esta; la diferencia es que en la actualidad disponemos de una gran maquinaria de difusión y sujeción de estos cánones, que va desde las revistas de moda (algunas de ellas incluso llegando a “sexualizar” a los niños), hasta programas de televisión (como la Voz, OT, Masterchef, etc.) que son los encargados de recordarnos que el talento o la dedicación sin pasar por la escuela, es decir sin doctrina, no sirven de nada y que jamás recibiremos el reconocimiento por parte de la crítica o del público sin el adoctrinamiento “adecuado”.

Nuestras escuelas de arte y de arquitectura también son prisioneras de este artefacto. En consecuencia, no es difícil observar como se pasa por alto a diario situaciones de adoctrinamiento de la belleza en las escuelas, camufladas bajo adjetivos o expresiones como las de “hacer escuela” o de “modernidad” pero que, en el fondo, no dejan de ser una herramienta de control en este sentido. Asignaturas como proyectos (que es la que más peso acostumbra a tener en nuestros planes educativos) se encargan de reforzar este adoctrinamiento de forma práctica; pero no hay que olvidar que esta tendencia es una “costumbre social” arraigada en lo más hondo y que, por tanto, otras asignaturas (como historia o teoría por ejemplo) se encargan de hacerlo en el aspecto teórico, aunque sea de una manera sutil y difícil de detectar a simple vista, olvidando de forma deliberada ahondar en periodos históricos concretos o destacando ciertos autores frente a otros. Estos “agujeros” no son casuales sino que responden a una clara voluntad de ocultar actitudes y filosofías artísticas concretas que no se consideran como indicadas, otra vez escondiéndolas bajo etiquetas de “poco trascendentes” o “no modernas”.

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No nos gustaría cerrar este artículo sin ninguna brizna de esperanza para el lector, pero la realidad es que cuando una maquinaria de estas dimensiones se pone a rodar de forma harmónica y sin rozaduras de importancia, la historia nos enseña que poca cosa podemos hacer los mortales para combatirla pues, en el fondo, a la hora de juzgar que es y que no es bello todos nos encontramos, consciente o inconscientemente, condicionados por la doctrina y sus formas repetitivas y asimiladas. La suerte puede ser que alguien, pese a estar bajo los efectos de este mecanismo y no ser excesivamente brillante, haya podido escribir este artículo.

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2 comentarios sobre “Adoctrinar la belleza

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