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Hay quien ve las diferencias culturales entre Europa y África (o entre Europa y Asia sería extrapolable también) como un gran degradado (no en el sentido despectivo del término) que va de norte a sur o viceversa, teniendo en los extremos sus polos opuestos. Es una teoría perfectamente válida. Aún así, es innegable la existencia de un gran punto bisagra entre una cultura y otra, representado, en el caso de Europa y África, por el mare nostrum, el gran mediterráneo. Como en toda gran bisagra pero, deben existir unos puntos de anclaje, esos sitios por los tiene que girar y que son, por definición, lugares en los que las culturas se mezclan de una forma tangible y evidente.

Así pues, si el arquitecto mediterráneo desea conocer los orígenes de su arquitectura, el porqué es tan distinta o igual que la de otro lugar cercano situado en la orilla opuesta y, por tanto, estar capacitado para valorar y descifrar los puntos importantes de esta, debe poner un círculo rojo en el mapa en países como Grecia, Sicilia, Sardeña, Andalucía, Marruecos, Tunisia… o, ya casi enlazando con Asia (y por eso de forma aún mas enfática) en Turquía o Egipto.

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Estos puntos se podrían considerar aún (pese a la globalización) como el eslabón perdido entre la cultura europea, mediterránea y africana. Obviamente, por el camino entre un polo y el otro, pasan muchas cosas más, pero el vivir en estos sitios (o al menos visitarlos por un largo periodo de tiempo) debería ser obligatorio, porqué conocer el pasado permite mirar al presente con un ojo más crítico, así como imaginar un futuro mejor.

Hoy en día, en cambio, en el mapa mundi de nuestros arquitectos ya no hay círculos rojos en estos lugares, sino que estos están ahora dibujados con fuerza sobre sitios como Noruega, Suecia, Dinamarca, Alemania… Este hecho, este anhelo que sentimos hacia la arquitectura nórdica, que es la que consideramos europea y moderna, probablemente tenga un origen político-social (además de una engañosa asociación del concepto “norte” como el origen de la modernidad). A finales del siglo XX y a principios del XXI se originaron una serie de cambios en la mentalidad mediterránea, que se han venido expresando posteriormente en las diferentes manifestaciones artísticas y/o políticas y que tienen su origen en la formación de la unión europea, de forma mas concreta, en la intención de formar una identidad europea propia, manifestada políticamente a través de medidas, gestos, referéndums y consultas muy concretas, como fueron la creación de una moneda única o la propia constitución europea. De repente, ser mediterráneo había pasado a ser un adjetivo casi peyorativo, y los países mediterráneos empezaban a reflejarse en la cultura nórdica, al grito de “queremos ser europeos”.

Así pues, la arquitectura, sin perder su costumbre de llegar la última a todo, una vez más se está ocupando ahora de afianzar el cambio social. Existe una débil voluntad de no cerrar el paso al pasado y a la tradición (aunque es fruto sin duda de esa voluntad histórica o historicista que tradicionalmente ha tenido), pero se hace de una forma superficial y filtrada, utilizando solo los elementos que aparecen en el diccionario de reconocidos arquitectos y que, en cambio, ellos si escogieron entre una gran base de datos que adquirieron a través de su formación y de su actitud orgullosa de pertenecer a una cultura única, propia y distinta (aun cuando existía esa voluntad de estilo internacional). No es de extrañar pues, ver constantemente el fracaso de sistemas constructivos (o formas arquitectónicas) importados en nuestras revistas como si de obras de referencia se trataran (véase el estrepitoso fracaso del muro cortina de cristal en muchos lugares de nuestro país, donde hubiese funcionado mejor cualquier otro sistema local, mucho más simple y barato).

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Solo el tiempo dirá si la actitud preponderante entre nuestros arquitectos de “ya haber entendido lo que pasó en el sur hace siglos, y mirar ahora hacia la modernidad y la sofisticación del nortees solo una moda pasajera o se convierte en una autentica realidad arquitectónica que marcará una época. Solo nos queda confiar en el instinto de nuestros arquitectos y en su sentido común, que, no olvidemos, siempre es el menos común de los sentidos.

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