Esta es la historia de un joven aprendiz de arquitecto formado en un país “desarrollado” que, tras realizar su aprendizaje en una de las mejores escuelas de arquitectura de su estado y irrumpir al mundo laboral, no tardó en darse cuenta de que su formación era escasa e incompleta. Después de algunos meses de meditación y de observación analítica de su pasado, se percató al fin del problema: se trataba de una falta de perspectiva. Durante su existencia tan solo había tenido la oportunidad de ver la arquitectura tal y como era vista en su país (y quizás también en los países más cercanos, donde la visión no distaba mucho). Su ignorancia cultural era patológica y eso no le permitía afrontar los problemas de distinta forma a la que lo haría cualquiera de sus compañeros de profesión.

Tras unos años trabajando en despachos y al ver que sus turbaciones no se disipaban, decidió poner solución al problema y viajar a algún país lejano para ingresar de nuevo a la escuela y realizar un segundo aprendizaje. Con el contraste cultural obtendría más riqueza intelectual y desarrollaría un punto de vista nuevo y diferente sobre la arquitectura, que es lo que siempre había querido. Cuando tuvo el dinero suficiente no lo dudó y organizó la mudanza.

Diversidad cultural.jpg

Los primeros días, al llegar a la que sería su nueva ciudad, la sensación fue abrumadora; cúpulas antiguas se erigían entre edificios a medio derribar, calles caóticas confluían para ahogar al transeúnte entre una marea incesante de personas, comerciantes chillaban vendiendo sus productos y animales de distintos tipos paseaban libremente sin dueño al que complacer. Había mujeres y hombres con extraños ropajes que rezaban a dioses lejanos de los que nunca había oído hablar. Enseguida comprendió que había sido una decisión acertada.

El primer día que acudió a la escuela, nuestro joven aprendiz aún estaba deslumbrado por el contraste cultural y entró temeroso a la primera clase de dibujo en su nuevo periodo de aprendizaje. La primera lección fue dibujar el aula en la que estaban sentados (algo no muy difícil para un experimentado aprendiz como él y que ya había hecho antes). Pronto se encontró con las dificultades propias de cualquier dibujo y sin las herramientas adecuadas (pues había gastado sus primeros días explorando la ciudad y sus inhóspitos rincones) y tuvo que pedirle a un compañero, con dificultades lingüísticas, una goma para borrar. Cuando este se la entregó amablemente, nuestro aprendiz se sorprendió al ver su estrambótico color, que nunca había visto antes en su país de origen. “Esto marcha bien” pensó, “¡hasta una simple goma de borrar es distinta aquí!“.

Goma de borrar.jpg

http://www.faber-castell.com/

Con el paso de los días pero, el peso de la globalidad cultural empezó a caer sobre sus hombros como una pesada y decepcionante losa de mármol frío. El trayecto diario a su escuela, los métodos de enseñanza basados en los conceptos del estilo internacional, las respuestas obtenidas por los alumnos, el método representativo, las soluciones estructurales…nada era muy diferente a lo que había dejado atrás. Incluso los rezos a extraños dioses no le parecían ahora tan distintos, solo que se hacían con otra lengua y ritos un poco diferentes. Todo lo que tenía un atisbo de distinto pertenecía al pasado, y estaba siendo matado por la cultura de la globalidad. ¡Hasta había podido comprarse su champú favorito en el supermercado de la esquina! Lo único perteneciente al presente y que le seguía sorprendiendo era aquel extraño color que tenían las gomas de borrar. Y siempre pensaba que había una especie de ironía poética en que este fuera el único hecho destacable después de haber realizado tantos kilómetros para encontrar una cultura lejana que, en un pasado no muy lejano, había sido muy distinta a la suya.

En algunos movimientos culturales futuristas y, de momento, utópicos, como por ejemplo el llamado “The Venus project“, se ataca el sistema actual desde la perspectiva de la eliminación de las condiciones que generan el “comportamiento humano ofensivo“. En este proyecto se intentan hallar formulas para “erradicar la guerra, pobreza, corrupción, hambre, miseria, sufrimiento humano…“, rediseñando nuestra cultura y valores y vinculándolos a “la capacidad de la Tierra” y sus recursos, “y no a algunas opiniones humanas o ciertas ideologías de los políticos sobre cómo debería ser el mundo“; ni tampoco a “los conceptos religiosos de la conducta sobre los asuntos humanos“. Se intenta crear una “sociedad que es libre de todas la viejas supersticiones“. Según este modo de entender el mundo, “es la tecnología, confeccionada por el ingenio humano, la que libera a la humanidad y incrementa nuestra capacidad de vida“. Declaraciones de Jacque Fresco recogidas en el documental “Zeitgeist Addendum“.

zeitgeist addendum.jpg

ZEITGEIST ADDENDUM

Cualquier ser humano que no esté incrustado en el establishment se sentirá atraído por estas ideas y, cualquier persona con un poco de sentido común, sabrá que esto sigue siendo una utopía porqué significaría el fin de algunas estructuras sociales inquebrantables hasta el momento. Pero si queremos ir un poco más allá en el análisis de la cuestión, quizás deberíamos preguntarnos qué significa realmente crear una sociedad así. Es evidente que, para hacerlo, deberíamos eliminar creencias, mitos, religiones, política, diferencias de clases y otras estructuras que no se basen en un pensamiento científico y racional. Esto, obviamente, significaría el fin de un mundo lleno de diversidades culturales y de formas de entender la vida heterogéneas, ya que presupone caminar hacia unos valores universales (pues la ciencia se convertiría en la verdad única del siglo XXI). ¿No sería esto, en el fondo, caer otra vez en el mito de la verdad universal? (Antaño llamado religión, ahora ciencia). ¿No se trata en realidad de otra teoría unificadora? Quizás la solución pasaría por crear pequeñas colonias (como han hecho los Estadounidenses con los indios nativos) de seres primitivos que siguieran viviendo como se hacía antaño, y que los ciudadanos de la sociedad “desarrollada” pudieran contemplarlos a través de una ventana del tiempo, como el que admira obras de arte de siglos pasados.

En el proyecto Venus, se nos habla también de la posibilidad de viajar de un sitio a otro en tiempos récord y sin contaminar, gracias a la tecnología. Coincidiremos todos que esto es tecnológicamente posible y que, si no se ha hecho hasta el momento, es porqué a unos pocos (que poseen unos muchos capitales) no les salen las cuentas, pero cabe preguntarnos también aquí, que significa viajar y porqué viajamos los seres humanos. La realidad es que mayoría de nosotros, cuando no viajamos por trabajo, lo hacemos con la motivación de ver culturas distintas a la nuestra, para experimentar un modo de vida distinto y aprender valores que nuestra sociedad no nos ha enseñado. Con lo que, en una sociedad de valores y cultura universal, esto carecería de sentido.

The venus project.jpg

VENUS PROJECT

Pero sería injusto (y parecería que estamos escribiendo un artículo en contra este tipo de utopías, cosa que no es nuestra intención) eludir aquí que existe otra parte en esta experiencia de viajar, no menos importante, que es la de observar fenómenos naturales inéditos o únicos. Así que, en esta sociedad futura, los viajes se realizarían principalmente por estos motivos (pues el trabajo, según este modelo, tampoco existiría como medio de producción): la observación de fenómenos naturales. Pero nos asalta ahora otra gran pregunta: la solución de trenes magnéticos de alta velocidad que se proponen en el proyecto Venus, necesitarían de unas infraestructuras muy importantes y, por tanto, de la destrucción de algunos de estos paisajes o fenómenos naturales (o al menos de su modificación). Por tanto, la otra cuestión que queda en el aire es como decidiríamos cuales son los que merecen la pena visitar (y por tanto mantener intactos) y cuáles podríamos transformar sin remordimientos.

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